
La Provincia de Jujuy estuvo habitada originalmente por diversos pueblos indígenas, tales como los ocloyas, quechuas, aimaras y jujuyes, quienes presentaron resistencia frente al avance incaico hacia 1470 y la posterior colonización hispana. El proceso de conquista española en el siglo XVI enfrentó duros conflictos interétnicos conocidos como las guerras calchaquíes, donde las comunidades nativas de omaguacas y diaguitas destruyeron los primeros asentamientos europeos coloniales de Nieva y San Francisco de la Nueva Provincia de Álava. La ocupación definitiva de la capital se consolidó el 19 de abril de 1593 con la base de San Salvador de Velasco, permitiendo un paulatino mestizaje integrado por españoles, criollos, negros, mulatos y mestizos. Tras formar parte del virreinato del Perú hasta 1776, la región se integró al virreinato del Río de la Plata y luego a la Intendencia de Salta del Tucumán, de la cual se desmembró y separó pacíficamente para constituir una jurisdicción soberana. Bajo el liderazgo del teniente gobernador, coronel José María Fascio, se convocó a un cabildo abierto donde se consultó a la población sobre la independencia política de la ciudad y su territorio y, tras una respuesta afirmativa, se declaró la autonomía y Fascio fue designado como gobernador provisorio el 18 de noviembre de 1834. Tras asegurar la autonomía mediante la Batalla de Castañares el 13 de diciembre de 1834, Fascio fue nombrado gobernador propietario el 27 de diciembre, renunciando el 25 de febrero de 1835, lográndose el posterior reconocimiento oficial de la autonomía jujeña por parte de la Confederación Argentina el 17 de diciembre de 1836. En el siglo XX, específicamente en 1943, se disolvió la Gobernación de los Andes, incorporando el departamento de Susques, y finalmente en 1986 se sancionó la constitución provincial, validándose de manera explícita en su artículo 4 la actual división departamental interna de este territorio federal. Un acontecimiento histórico saliente de trascendencia patria ocurrió previamente el 23 de agosto de 1812 con el Éxodo Jujeño, repliegue masivo donde la ciudadanía quemó sus bienes y abandonó sus hogares bajo la dirección del general Manuel Belgrano para dejar sin recursos a las tropas realistas invasoras.
Urracas comunes en el Parque Nacional Calilegua
(Fotografía de propio registro)
La historia institucional de las armas provinciales comenzó poco después de que el territorio proclamara su autonomía, situándose el origen heráldico en tres sellos de plata que el gobierno provincial mandó a acuñar en la ciudad de Potosí en el año 1834, los cuales comenzaron a utilizarse oficialmente a partir del 15 de agosto de 1835 para reemplazar las antiguas identificaciones de Salta. Con anterioridad a estos hechos, durante el dominio hispano y tras la Revolución de Mayo, la región dependió de los blasones del monarca y posteriormente del sello de la Asamblea General Constituyente de 1813 junto al escudo de la Intendencia de Salta. A mediados del siglo XX, el Poder Ejecutivo mediante el Decreto N.º 3.512-G del 25 de agosto de 1959 conformó una comisión investigadora ad honorem para determinar un diseño definitivo basado en los antecedentes históricos. Finalmente, el escudo fue institucionalizado por medio de la Ley provincial N.º 2.543 del 28 de julio de 1960, norma que fijó legalmente los componentes del blasón para la vida orgánica de la jurisdicción.

Cerro de los Siete Colores - Purmamarca
(Fotografía de propio registro)
El escudo tiene forma de broquel normando con dos espiras superiores que dan lugar a la formación de dos cisuras o escotaduras, presentando una proporción singular donde el ancho es mayor con respecto al alto, lo que lo convierte en el único diseño con esta disposición geométrica entre todos los emblemas provinciales de Argentina. Su campo heráldico está cortado horizontalmente en dos cuarteles: azur-celeste el superior y plata el inferior. Trae en el segundo cuartel, movientes de los cantones diestro y siniestro de la punta, dos antebrazos humanos de carnación que estrechan sus manos diestras en el centro, sosteniendo una pica con asta de madera de su color que alza en el centro del jefe un gorro de la libertad de gules, el cual se encuentra doblado en la base con la punta caída hacia la diestra. Cada una de las espiras superiores del cuartel de azur está cargada con un emblema rosáceo de cuatro pétalos. En los ornamentos exteriores, el timbre muestra sobre el borde superior un sol naciente, figurado, de oro, compuesto por 21 rayos alternados entre 11 rectos y 10 flamígeros. Completa la ornamentación una corona abierta en la parte superior formada por dos ramos de laureles de sinople organizados por 4 cuádruples, un doble y un simple final, los cuales están frutados de gules, cruzados en la zona inferior y unidos por un moño simple de cinta con la disposición cromática azur-celeste, plata y azur-celeste.

Salinas Grandes
(Fotografía de propio registro)
El simbolismo del escudo de armas adopta y reinterpreta los elementos fundamentales de la iconografía nacional bajo la siguiente organización: Contiene los símbolos esenciales del escudo nacional mediante las dos manos entrelazadas que representan la fraternidad indivisible entre los pueblos y el gorro frigio sostenido sobre la pica como el símbolo universal de la libertad lograda. Las dos ramas de laurel entrelazadas en su parte inferior por la cinta azul y blanca representan de manera directa la paz duradera que debe reinar en el pueblo argentino. El sol naciente alude al nacimiento de la nueva provincia ante la confraternidad de las restantes jurisdicciones del país, marcando el surgimiento de su autonomía política luego de la definitiva separación de la provincia de Salta. Las flores rosadas contenidas en las espiras superiores guardan un significado interpretativo particular, constituyendo posibles referencias históricas a los triunfos patriotas en las batallas de Tucumán y de Salta durante las guerras de la Independencia, o bien a las antiguas virtudes honoríficas de ciudad “muy leal y constante” con que los reyes de España distinguían a Jujuy en la época virreinal, aun cuando no se disponga de documentación oficial que certifique estas hipótesis.

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